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El papel de la razón en las prácticas adivinatorias

Razón y Adivinación

Resulta extremadamente sencillo conformar dogmas en cualquier terreno del saber. Allí donde el equívoco aparece, donde la paradoja se presenta, opera una propensión, casi una compulsión propia de la condición humana a negar el límite al conocimiento esgrimiendo una verdad que se pretende incuestionable.

De más está decir que en los terrenos de la adivinación es extremadamente poco lo que sabemos. Pensémoslo un minuto, se trata todo el tiempo del saber (para qué tiramos las cartas sino), se trata todo el tiempo de saber algo que no podemos saber, accedemos a información por vías de lo más extrañas y de ninguna manera podemos decir una palabra del mecanismo que allí interviene.

Mucha gente intentó pensar este mecanismo, Jung es el más citado. La sincronicidad es el recurso explicativo más usado para dar cuenta del modo en que actúa un sistema adivinatorio.

Lo cierto es que de ningún modo podemos salir del campo de la fe cuando construimos las pobres explicaciones pretendidamente racionales que sustentan las artes mánticas.

Aquí es donde el peligro del dogma se oculta y opera.

No hay problema con el dogma, siempre que este se reconozca como tal, entonces uno lo toma o lo deja. El peligro se hace presente cuando el dogma se confunde con la verdad. Ahí quedamos tan desarmados, tan indefensos aceptando sin más el postulado, dejando a parte todo cuestionamiento.

La sincronicidad es un flamante ejemplo de falacia de autoridad en el campo de la adivinación. Su autor, sin duda sumamente capacitado y muy buen escritor, desarrolla su teoría en el campo de la psicología. Era un discípulo de Sigmund Freud, que se desvió del psicoanálisis.

Creo que por dar crédito a la adivinación desde otro campo del conocimiento humano, prentendidamente más objetivo y científico, se lo toma como referencia, como autoridad que avala una práctica tan cuestionada en nuestra época.

Desde mi punto de vista pocas teorías tan absurdas como la junguiana han tenido tanto éxito.

¿Podemos pensar que el universo se toma el trabajo de “elegir” las cartas por un sistema de conexiones desconocidas, invisibles e impensables, para que nosotros, adivinos entrenados veamos en los símbolos si la mujer del vecino lo engaña con el carnicero?

¿Podemos pensar seriamente en una teoría tan cargada de narcisismo y tan poco sustentada en una explicación racional?

Lo que no puede explicarse es preferible dejarlo sin explicación.

Claro que podemos construir un bello dogma para tranquilizar el alma. Pero lo que encuentro difícil de aceptar es que éste se confunda con teoría y a su vez la teoría se confunda con la verdad.

Lo que propongo es que si hemos tomado contacto con los insondables misterios de lo oculto, tratar de explicarlos carece de sentido puesto que malgastaremos tiempo inútilmente en vergonzosas teorías insustentables.

¿Tan difícil es dejarse tomar por el misterio?

Es entendible que en un momento histórico donde la razón predomina sobre el mito creamos necesaria la argumentación lógica de lo que ponemos en práctica.

Pensemos si alguna cultura antigua justifica sus rituales, su mística, sus misterios con una explicación racional.

¿Que pasaría si a un chamán indio, perdido en algún lugar de la cordillera, repleto de conocimientos ancestrales transmitidos por generaciones, le pidiéramos una explicación del funcionamiento de su magia?

Seguramente nos la daría sin ningún problema. Nos contaría un bello cuento, un mito.

El mito encierra una verdad totalmente distinta a la que pretende alcanzar la razón. Es una historia que nos toca algo íntimo por medio de la ficción. Pero nunca, en ningún caso, el mito intenta violentar el misterio.

Dejarse sorprender por aquello que no podemos explicar es un modo de sentir el infinito en el cuerpo y en el alma. Pienso que de este modo, mucho más cercano al artista que al científico, el tarotista puede sacarse de los hombros la pesada mochila racional.

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